viernes, 11 de julio de 2014

EL HOGAR POLACO DE KERET

11 de Julio 2014
Etgar Keret tiene entrenados a sus lectores en los altos vuelos a los que nos invita con su imaginación, pero quizás pocos estén enterados de que su nombre figura sobre una construcción en la ciudad de Varsovia, en Polonia, que ha sido bautizada como “la casa Etgar Keret” considerada “la casa más angosta del mundo”. Algunos testimonios que fueron difundidos a través de la web presentan entrevistas realizadas a los que pasaban por la calle días antes de su inauguración. Muchos se muestran sorprendidos de que alguien pueda vivir en un espacio tan reducido. También difunden las primeras palabras del escritor al salir del edificio, donde menciona el hecho de que su madre —única sobreviviente de una numerosa familia asesinada en el Holocausto— estuvo en el gueto de Varsovia que colindaba justamente con las calles donde fue levantada esta nueva construcción.


Claudia Kerik: ¿Cómo es que se te ocurrió la construcción de una casa así? ¿Y por qué justamente allí?

Etgar Keret: No fue una idea mía. Un día mientras estaba en Israel con mi hijo en el parque recibí una llamada telefónica desde Polonia, de un arquitecto que me anunciaba el proyecto de construcción de esa casa. Le contesté un tanto incrédulo y colgué. Medio año después recibí otra llamada de parte del mismo arquitecto quien ahora había volado hasta Tel Aviv para encontrarse conmigo a fin de explicarme personalmente su plan y persuadirme de que era posible llevarlo a cabo. Le dije: “mira, me alegrará si lo haces, pero lo veo difícil, no tienes presupuesto y se requieren permisos especiales de la municipalidad local”. Y él me contestó: “no te preocupes, cuando yo me propongo algo, lo consigo”. Y así fue. Construyó la casa.

CK: ¿Pero ese proyecto tuvo algo que ver con tus cuentos, estuvo inspirado en tu tipo de escritura, o de dónde surgió una idea tan minimalista como esa?

Keret: Tiene que ver con mi escritura, pero también está ligado al hecho de que yo tengo un pasado polaco. Él sintió que mi familia proviene de Polonia y fue borrada de allí, y que la casa podría funcionar como un recordatorio por su ausencia.

CK: Pero los polacos no son precisamente un pueblo amigo de Israel.

Keret: También hay quienes creen en los israelíes, y entre ellos hay de todo, antisemitas y filosemitas. El arquitecto también me dijo que la lógica de la casa era como la de mis cuentos, y que sintió algo en la estética, en la concepción… Y eso fue todo, la construyó, y cuando llegué al lugar organizamos una serie de lecturas en voz alta. Pero como sólo se permiten dos personas en el interior de esa edificación (así lo exige el seguro), entonces tenía que hacer mis lecturas frente a una sola persona.

CK: ¿Y cómo elegías quién podía entrar?

Keret: Resolvimos hacer un concurso en el que los participantes escribieran en pocas líneas qué les gustaba más de mis relatos y por qué, y el que mejor lo explicara, o el texto que resultara mejor logrado ganaría el premio que consistía en un evento privado de lectura en la cocina, sentados, mientras nos hacíamos un té. Y así lo hicimos, y fue tan interesante como conmovedor. Tuvimos varios de esos encuentros.

CK: ¿Y quién decidía qué texto ganaba? ¿Tú eras el juez?

Keret: Sí, yo elegía a los ganadores. Escribían en polaco pero me lo traducían. Y, de hecho, ahora cada vez que regreso, cada cierto número de meses, tiene lugar una iniciativa cultural diferente. Y mientras tanto la casa funciona como un museo, que hasta la fecha ya ha sido visitado por miles de personas a las que les muestran la construcción mientras el arquitecto expone la concepción original del lugar.

CK: Qué bien, porque eso te representa por completo.

Keret: Yo estoy muy a favor.

CK: Creí que tú fuiste el que eligió ese lugar en Polonia para comprarte una casa y planeaba preguntarte…

Keret: ¿Cuánto me costó?

CK: ¡No! Pensaba preguntarte cómo es que no te duele ir allá.

Keret: La pregunta no es si duele o no duele. Siento que es algo lleno de sentido. Mi abuelo siempre le decía a mi mamá que justo porque ella era la última que había quedado con vida, debía continuar viva. Pues los nazis quisieron borrar nuestra familia del mundo y ella tenía que permanecer a fin de que sepan en esa ciudad que nosotros existimos. Y hay algo en esa casa, y en el hecho mismo de que haya una casa, y que tenga escrito en grande mi apellido en la pared y que todo el que pase pueda verlo, y que los polacos la visiten como un museo, que es como un decreto de que nosotros aún estamos en esa ciudad y nada podrá quitarnos de allí. Desde mi punto de vista eso es mucho más importante que si me construyera una casa como esta en una ciudad como Estocolmo. Y además, como dije, yo he sido completamente pasivo en este proyecto. No fue mi idea ni fui yo el que la materializó, he sido solamente un invitado.

CK: Pero una vez que asumiste tu lugar en esa casa, tiene un significado doble. Ellos te eligieron y tú aceptaste.

Keret: Claro. La casa está en un lugar en donde ya no hay judíos. Eso es algo enorme. Al comienzo llegaban muchos vecinos ancianos a tocar a mi puerta trayendo para mí una botella de vino, un tarro de mermelada, y me hacían comentarios acerca de que sentían la ausencia de los judíos en el lugar, y que la presencia judía de antaño le había dado a la ciudad una energía, una fuerza e inteligencia, que lamentaban mucho haber perdido.

CK: Pues los judíos vivieron casi un milenio en Polonia.

Keret: Claro, en Varsovia y en toda Polonia. Y en la cultura y en las artes había una nota judía. Por lo mismo la relación es compleja. Hay antisemitas pero hay también quienes sienten afecto e incluso nostalgia por el pueblo judío.

CK: Es la primera vez que oigo algo así.

Keret: Por eso te digo que el diálogo entre judíos y polacos es muy complicado. Polonia no es cualquier lugar. Yo escuché que en México, por dar un ejemplo, también hay antisemitismo. Pero no podría ser lo mismo, pues en Polonia lo judío forma parte del lugar. Cada cosa, cada recuerdo, cada estatua en la calle, tiene un vínculo con lo judío. El alcalde de la ciudad en Varsovia era judío. El lugar de lo judío en la vida pública ha sido esencial. Tú no puedes pensar en una definición de Polonia sin tomar en cuenta el elemento judío en ella.El país que es hoy en día no existiría. 

Por eso digo que hay algo en ese vínculo que, aun estando muy cargado de implicaciones, es como una dinámica entre hermanos que no se quieren el uno al otro pero que sientes que forma parte de su esencia, de su identidad. Y además ellos alimentan una cierta mistificación en una dirección positiva y extraña, pues suponen que los judíos son criaturas místicas dotadas de posibilidades y de un cerebro que no poseen el resto de los seres humanos, como si fueran magos. Algo interesante. Debo decir, junto con esto, que tengo muy buenos amigos polacos que no son judíos. Es una cultura en general muy interesante. Y yo tengo una liga muy fuerte con Polonia. Además, fuera de Israel, es el país donde más éxito tengo. Un éxito de locos tengo allí.


CK: Me parece muy interesante lo que cuentas de Polonia. Es un paso adelante de la post-Shoá. Algo nuevo. También en Alemania existe un vínculo complejo con los judíos.

Keret: Pero allí es otra cosa, porque en la narrativa alemana hay, lo que podríamos llamar, una apología de la culpa. Y en la narrativa polaca no. Ahora, si te fijas, en cierto modo murieron no menos polacos que judíos en tiempos de la ocupación. Murieron millones de polacos. Los nazis despreciaban a los polacos y los veían como inferiores. Y existe además una tendencia muy marcada a negar la colaboración polaca, pues muchos judíos murieron en manos de los polacos y no de los alemanes. Pero aun así no es como con los alemanes, porque los polacos sienten que sufrieron mucho en la guerra, y no por su voluntad.

CK: ¿Pero no se decía que los polacos eran más antisemitas que los alemanes?

Keret: Hay una diferencia entre ambos respecto al tema del antisemitismo. En principio, en Rusia hay una historia de pogroms. Los rusos operaban así. En Polonia el cuento es otro, porque los polacos no hicieron gran cosa hasta que los nazis entraron. Hubo quienes colaboraron con los nazis y hubo quienes no lo hicieron, como en todo país ocupado. En ciertas ciudades pequeñas de Polonia existía el interés por parte de la comunidad del lugar de que mataran a los judíos para quedarse con sus bienes. Eso es algo mucho más complejo que lo que ocurrió en Alemania, que es mucho más simple. Ellos eran nazis y punto. Los austriacos eran tan nazis como los alemanes. Pero la narrativa austriaca es la de un Estado ocupado. Alemania los invadió como a los polacos. Los austriacos no tienen por eso sentimientos de culpa. Habría que agregar a esto el caso de Holanda. No sé si es por Ana Frank, o porque la gente anda en bicicleta, que todos tienden a olvidar que en Holanda el porcentaje de voluntarios que se aliaron a los nazis fue el mayor de Europa, y el porcentaje de judíos que murieron por su culpa —aunque no hubiera tantos como en otras partes— fue el mayor de todos. Es cierto que no había muchos, pero consiguieron capturarlos a todos.

CK: No lo sabía.

Keret: Por eso, regresando al caso de Polonia, la historia que se cuenta es la de que los polacos, junto con los alemanes, mataron a los judíos. Pero es una versión un poco distorsionada. Porque los alemanes mataron en primer lugar a los polacos, y junto con ello también mataron a los judíos. Y, por otro lado, entre los polacos también hubo gente que ayudó.

CK: ¿No hubo pogroms en Polonia?

Keret: No sé mucho de historia, pero si Polonia hubiera sido un lugar hostil, no hubiera albergado una comunidad judía tan grande a lo largo de tanto tiempo. Por lo que pienso que el tema es complejo. El lugar es complejo, un país católico en extremo y, como sabes, eso va de la mano del antisemitismo.

CK: Entonces diste un gran paso aceptando ese departamento. Es la primera piedra de otro capítulo de la historia.

Keret: Por supuesto.

CK: ¿Es polaco tu apellido?

Keret: Sí. El apellido polaco original es Krotosovski, y de parte de mi mamá Koyuj (que significa abrigo de piel). Krotosovski es un nombre que se deriva de una ciudad polaca llamada “Krotov”. Como al llegar a Israel no conseguían pronunciarlo bien, fue sustituido por “Keret”. Mi nombre, de hecho, significa urban challenge, un reto urbano, como el nombre de una marca de tenis. Pues “Keret” es el nombre de una ciudad grande en Polonia y “Etgar”, en hebreo, significa desafío.

CK: ¿Eres hijo de sobrevivientes del Holocausto por ambas partes?

Keret: Sí. De las casi 60 personas que conformaban la familia de mi madre sólo ella sobrevivió. De parte de mi padre él se ocultó con sus padres y otros dos amigos durante 600 días en un pozo muy pequeño hecho en la tierra. El pozo era tan pequeño que no podían estar ni parados ni acostados, sino sentados.

CK: ¿Dos años sentados en un pozo?

Keret: Un poco menos de dos años. Mi padre perdió a su hermana en aquella ocasión, pues fue capturada por los alemanes muy poco después. La torturaron para que delatara adonde estaba escondida la familia completa, pero ella no dijo nada y la mataron. Mi mamá es de Varsovia y mi papá de Baránavichi, un shtetl en Bielorrusia. Después de la guerra mi mamá permaneció en un orfanato en Polonia, luego en otro, en Francia, y de allí se trasladó hasta Israel. Mi papá intentó llegar a Israel pero fue capturado en Chipre por los británicos. Se fugó del campamento y se unió a ETZEL, viajó a Italia donde le compraba armas a la mafia italiana. Estuvo en 1948 en el ejército en Israel.


Mis padres tuvieron tres hijos y yo soy el más chico. Mi hermano mayor es un anarquista. Fundó el movimiento para la legalización de la marihuana. Es de ideas muy radicales que lo llevaron a abandonar Israel junto con su esposa hace nueve años, para irse a radicar a Tailandia. Allí, al comienzo, vivía sobre un árbol desde donde podía disponer de internet de alta velocidad, y ahora vive en una zona nada burguesa, sin agua, como muchos de los nativos del lugar. Mi hermana es ortodoxa (jaradit), vive en el barrio religioso de Mea Shearim, habla yidish, tiene 11 hijos y nueve nietos a los 49 años.

CK: Ese cuadro familiar, en que cada uno representa otro extremo, es muy común en las familias judías de hoy en día.

Keret: Por completo. Pero aun así somos una familia muy unida, y a pesar de todas las diferencias, cuando mi hermana vivía en los territorios ocupados y mi hermano y yo la visitábamos y nos quedábamos a dormir, mi hermano siempre decía que esa era la única ocasión en la que traspasaba las fronteras de 1967 sin regresar esposado por la policía, pues él las cruzaba solamente con las manifestaciones. Pero cuando visitábamos a nuestra hermana nos sentábamos sin problemas a comer allí o a tomar café. Mi hermana residió en las zonas ocupadas no por razones políticas sino porque simplemente no tenía dinero, y como el gobierno daba subsidios a los que quisieran residir allí, ella tomó esa opción. Pero a mi papá le llegó a molestar mucho y con todos sus ahorros le compró una casa en el barrio más ortodoxo de Jerusalén.

CK: Ahora quisiera hablar de otro tema: la libertad que hay en ti para liberar una alta dosis de violencia a través de la imaginación. Me parece percibir una corriente tal que se manifiesta en tu escritura. ¿Acaso es el inconsciente colectivo israelí lo que buscas plasmar y transmitirle al lector?

Keret: No cabe duda que yo vivo en uno de los lugares más violentos del mundo. La violencia forma parte de nuestra identidad. Pero la violencia también ha sido algo que siempre me dio miedo. Me asustaba porque eso era lo que me rodeaba, pero también me asustaba porque descubrí que esa violencia existía en mí. Desde mi punto de vista, hay algo en el arte o en la escritura que funciona como un laboratorio emocional en el que puedes poner a prueba tus sentimientos sin el peligro (o sin la responsabilidad) por las consecuencias. Para darte un ejemplo, si yo viera una chica linda al pasar por la calle y me dejara llevar por el impulso de besarla, si lo hiciera en la realidad ella podría ofenderse, llamar a la policía, o mi mujer, claro está, se sentiría ofendida, tomaría a mi hijo y se iría de regreso a casa de su mamá. Pero un cuento es justamente el sitio ideal donde puedo tomar esos sentimientos y depositarlos, en vez de negarlos. Sacarlos de mí y examinarlos. Lo mismo ocurre con la agresividad. Yo, que soy padre de un niño, cuando él está jugando en el parque y se le acerca otro más grande y le pega o lo empuja, yo le digo “oye, no es bonito pegar, mejor juguemos con calma”. Pero hay en mí otro lado que desea darle un trancazo y decirle “¿qué tal se siente que alguien mayor te pegue, pequeño pedazo de mierda?”. Hay en mí también un lado así y es ese lado el que puede realizarse y vivir a través de mis relatos. Muchos de mis sentimientos asociados al sexo, a la ira, a mis temores, que en la vida diaria no expreso, en los cuentos puedo simplemente examinarlos.

CK: Pero la cantidad de violencia que expresas no es normal. No se trata simplemente de que tienes sentimientos contenidos que logras expresar. Tus relatos en ocasiones conforman un mundo en el que la violencia constituye un lenguaje en sí mismo. Puede incluso parecer que tienes una obsesión por la agresión física, la sangre, los disparos, pues es impresionante que no le ahorres nada al lector.

Keret: Cuando escribo hablo de mis temores y de mis experiencias. Provengo de una familia que en su lado materno fue totalmente exterminada. A mi abuelo lo mataron por un problema con el dueño de la casa en Ramat Gan. Mi mejor amigo se pegó un tiro junto a mí. ¿De qué voy a escribir? Escribo sobre mi realidad. Si fuera esquimal escribiría sobre la nieve. Escribo sobre lo que conozco. Me alegraría escribir sobre los tacos mexicanos. Pero en casa no tenemos tacos. Esto es lo que yo conozco.

CK: En tu relato titulado “Pizzería Kamikaze” consigues hacer que un suicida israelí se emborrache junto a un hombre-bomba árabe, en un encuentro que tiene lugar después de la muerte, en un bar que se ubica en una especie de mundo venidero. Ésa es una fantasía que sólo puede darse en un cuento.

Keret: El que la gente se encuentre después de la muerte es algo que no podría comprobar. Tendría que morirme antes para asegurártelo.

CK: Pareciera que tu relato consigue resolver un problema que no puede solucionarse en la práctica. ¿Son tus cuentos una promesa fantasiosa para el lector o es que tú de verdad estás convencido de que eso es posible?

Keret: Tu pregunta es muy rara. Si yo te jurara que la gente tras suicidarse sería más amable… ¿Acaso me estás preguntando si esa promesa es práctica o es una ilusión?

CK: No. Yo no podría interrogarte sobre algo que no podemos saber. Lo que me intriga es si la literatura como tal es capaz de prometer algo que es imposible cumplir en la realidad.

Keret: La literatura no promete nada. Eso se llama “ficción” justamente porque no es verdad. Lo que es poderoso del arte es justo que no posea ninguna función práctica. A un libro no lo puedes cortar como a un pan. La fuerza de la literatura es que constituye, de hecho, un paquete de sentimientos e imaginación. Si alguien lee un libro y piensa que por leerlo comprenderá cómo cocinar o cómo ganar dinero, o cómo tener éxito con las mujeres, entonces no estará comprendiendo lo que es la literatura. Tu pregunta es muy difícil de responder.

CK: Lo que yo preguntaba es lo siguiente. La situación en Israel es muy compleja. Hoy en día asistimos a un creciente antiisraelismo —el nuevo rostro del antisemitismo— incluso aquí, en México. Uno no puede leer tus cuentos sólo como cuentos. Uno no puede dejar de preguntarse si esa es una fantasía que existe sólo en tu imaginación o es una posibilidad factible en la realidad. No me refiero a la posibilidad de que un suicida israelí y otro árabe se encuentren después de la muerte. Me refiero a la fantasía de que en vida un israelí y un árabe se emborrachen juntos y compartan un momento diferente entre los dos. ¿Es ésa también una ilusión?

Keret: Es sólo una imagen. Cuando lees a Gulliver, ahí hay personas que parecen miniaturas. ¿Tú me preguntarás si de verdad existen esas personas que son así de pequeñas? ¿No tienes una pregunta más sencilla?

CK: Tus principales lectores dentro de Israel son jóvenes. ¿Acaso ellos aceptan con facilidad la crítica que le haces a la sociedad israelí?

Keret: Pienso que es justamente esa crítica la que les interesa. Parte del hecho de que me lean es justamente el que ellos comparten esa crítica. La literatura israelí tradicional siempre contaba la historia de todos, pero no contaba la historia de las excepciones, la historia de los que no están incluidos. Mi literatura es la de los que no consiguen integrarse a esa corriente principal de la narrativa central israelí. Y pienso que muchos jóvenes apreciaban la literatura de Israel, pero no se sentían representados por ella porque no pensaban que ellos fueran los héroes de la historia. Y me parece que ahora encuentran en mi literatura, desde otro punto de vista más crítico, la posibilidad de lo que no está integrado, de lo que narra algo sobre lo otro, lo que es diferente, lo que no se incluye.

CK: Mi última pregunta es sobre la ciudad de Tel Aviv. En el mismo relato “Pizzería Kamikaze” te imaginas una especie de infierno situado en la calle Allenby. ¿Tel Aviv también puede ser infernal?

Keret: El mundo del relato del que hablas no es un infierno. Es lo que viene después. Tú puedes decidir si es un infierno o un paraíso. La idea es que el personaje llega allí y dice: “he llegado al otro mundo y resulta que ese mundo es exactamente como aquel que conozco”. Yo no me imagino a Tel Aviv como un infierno, pero sí al otro mundo como a Tel Aviv.


CK: Si quisieras informarles a tus lectores sobre la ciudad donde vives, ¿qué les dirías?

Keret: Desde mi punto de vista Tel Aviv es la ciudad más sorprendente del mundo. Por el hecho de que hay en ella una integración muy particular entre urbanismo y naturaleza, pues se encuentra junto al mar. Es, además, una ciudad que consigue albergar en su interior a muchos escritores en una atmósfera de tolerancia excepcional. Tú puedes llegar a un conjunto habitacional y encontrarte a una familia judía ortodoxa viviendo en un departamento junto a una familia árabe y, junto a ellos, una pareja de homosexuales. Desde mi punto de vista es una ciudad que constituye un modelo de tolerancia y “doble existencia”. Mucha gente habla de Tel Aviv como de una burbuja. Si Tel Aviv es una burbuja, ojalá que toda la realidad lo fuera. Cuando alguien habla de una burbuja se refiere al hecho de que está desconectada de la realidad, vivimos en un entorno tan violento que en él la posibilidad de ver y aceptar al otro como otro es percibida como una desconexión. Nuestra derecha es la que habla de esa burbuja.

En Israel siempre hubo dos tendencias literarias: la de la narrativa de Jerusalén y la de la narrativa de Tel Aviv. Eso se ha expresado incluso en función de sus particularidades geográficas. Mientras que Jerusalén se encuentra aislada sobre una colina, Tel Aviv se abre al mar y al mundo entero. Tel Aviv, desde mi punto de vista, encierra la posibilidad de vivir en el presente, ser liberal, y la de ser incluso —si tú quieres— como todos los pueblos. La narrativa de Jerusalén es la del pueblo elegido. Si te fijas, Jerusalén existe desde hace milenios y no ha pasado un momento sin que sus habitantes no se mataran unos a otros. Su narrativa versa sobre la eternidad y la superioridad. En la confrontación entre esas dos narrativas yo sin duda me siento más cerca de la de Tel Aviv. En las dos ciudades hay población ortodoxa, laica y árabe. Pero la diferencia es que en Tel Aviv todos conviven mezclados y en Jerusalén, en cambio, viven en colonias separadas y hasta en el camión no se sientan unos junto a otros. Y sin embargo mueren más soldados que vienen de Tel Aviv que de Jerusalén, porque allí la mayoría es religiosa y no está obligada a servir en el ejército.

Tel Aviv es por ello el modelo de la nueva identidad de Israel. Y no aquellos americanos y franceses que llegaron a Jerusalén a respirar los aires de la espiritualidad y que quieren hacer explotar a golpes a los árabes. Eso, desde mi punto de vista, no es la identidad de Israel. Tel Aviv representa lo que yo quisiera que fuera todo Israel. Una ciudad que se construyó de la nada, de cero, y que es nueva y encarna también una identidad nueva que se encuentra en constante renovación, y que está abierta a la crítica. Y que no posee, además, esa venenosa atmósfera de lo sagrado que tiene la ciudad de Jerusalén, el llamado “síndrome de Jerusalén” del que quizás no has oído, que consiste en una enfermedad del alma harto conocida en la que los cristianos que llegan a Jerusalén se creen de inmediato que son Jesús. Desde mi punto de vista es una ciudad bonita, me gusta visitarla, pero no estoy dispuesto a vivir en ella. Existe la idea, ciertamente errónea, de que los escritores israelíes provienen de Jerusalén. En realidad casi todos los artistas israelíes viven fuera de Jerusalén, en la periferia, incluso los que escriben sobre ella como Meir Shalev, Amos Oz o David Grossman. ¿Quién vive en Jerusalén? Sólo algunos patriotas trastornados.

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