sábado, 11 de septiembre de 2010

ENTRE LA INDEPENDENCIA Y EL INFIERNO ¡Ay qué tiempos aquéllos señor don Simón!


Para llegar al infierno tienes que bajar...y bajar...y bajar...

INDEPENDENCIA EN EL SUELO


Mientras se gestaba una revolución para impedirle seguir en el poder, Porfirio Díaz celebraba con la inauguración obras y monumentos terminados

Rafael Tovar y de Teresa
REFORMA. Enfoque
Ciudad de México (5 septiembre 2010).- El ex director del Conaculta, ex embajador de México ante Italia y coordinador de la comisión federal para los festejos del 2010 entre septiembre del 2007 y octubre del 2008 hizo una amplia investigación sobre los festejos de 1910. El resultado es el libro El último brindis de don Porfirio, 1910: las fiestas del centenario (Taurus, 2010), de próxima aparición. Reproducimos con autorización del autor algunos fragmentos de la obra.


La visión de Don Porfirio

Porfirio Díaz, personaje protagónico del siglo XIX, a quien en ocasiones olvidamos analizar en el claroscuro de la dimensión política de aquel siglo convulso –y por ello nos conformamos con una explicación rápida y concentrada en sus últimos años–, quiso y supo –aunque fuera de manera transitoria– aprovechar la conmemoración.

Se fijó objetivos muy claros: superar los conflictos internacionales que surgieron durante el siglo XIX a causa del nacimiento de México como país independiente y lograr el reconocimiento como un país digno y respetable; asimismo, quería mostrar el proceso de modernización en que se hallaba inmerso el país en los órdenes materiales e intelectuales y, con ese motivo, inauguró obras tangibles que hubiera sido imposible construir durante el violentísimo siglo anterior; finalmente, quiso aprovechar la oportunidad que su circunstancia le brindó: celebrar a la patria por el inicio de su independencia, en la que él mismo se situó como artífice de la nación para mostrar al mundo el significado de la obra de 30 años al frente del gobierno y, sobre todo, su papel personal como eslabón final de los constructores del México independiente.

Todo se cuidó: desde los detalles de las fiestas hasta el costo de cada una de las obras, y lo mismo ocurrió con la rendición de cuentas y los informes que deberían presentarse.
(Página 14).

Propósitos

Con el fin de dar forma al amplísimo proyecto político que se denominaría "Programa del inicio del centenario de la Independencia nacional en el año de 1910", el 1o. de abril de 1907 Díaz ordenó la creación de la comisión que se encargaría de los festejos y publicó un documento que, en una sola frase, sintetizaba su propósito: "el primer centenario debe denotar el mayor avance del país con la realización de obras de positiva utilidad pública y de que no haya pueblo que no inaugure en la solemne fecha, una mejora pública de importancia".

La comisión creada por Díaz fue constituida con personajes, algunos de gran calibre: Guillermo de Landa y Escandón, Serapión Fernández, Romualdo Pasquel, Fernando Pimentel Fagoaga, Eugenio Rascón, Rafael Rebollar, Carlos Rivas, Manuel Vásquez Tagle y José Casarín. Además, para su operación, contaba con el apoyo de cinco secretarías: Instrucción Pública y Bellas Artes (a cargo de Justo Sierra), Relaciones Exteriores (a cargo de Ignacio Mariscal), Hacienda (a cargo de José Yves Limantour), Gobernación (a cargo de Ramón Corral) y Guerra y Marina (a cargo de Manuel González Cosío).
(Página 103).
Objetivo y participación

La Memoria de las Conmemoraciones recoge el espíritu de la conmemoración con estas palabras:

"El Presidente estima que si bien es cierto que la celebración del centenario debe ser esencialmente un movimiento popular y nacional, por lo que se debe dejar ancho campo a las iniciativas y manifestaciones patrióticas en todas las clases sociales, también al gobierno corresponde tomar una parte importante y, en consecuencia, espera que la Comisión Nacional tendrá presente esta consideración al acordar las solemnidades y festejos que hayan de organizarse, al mismo tiempo que procurará dar conveniente dirección y unidad a las manifestaciones particulares".

Asimismo, se invitó a gobernadores, jefes políticos y personas influyentes para que se sumaran a la organización. Como resultado de esto se crearon 31 comisiones centrales, 298 de distrito y mil 440 municipales, que sumaban mil 769 comisiones del centenario en las cuales participaron 17 mil 735 personas. Para lograr lo anterior la Comisión Nacional llevó a cabo 70 sesiones y giró 22 mil 240 oficios.

De esta manera, con la clara intención política de crear una dinámica orientada a esperar unas magnas fiestas, a los pocos días se informaba que, al iniciarse las labores de la comisión, cada estado quedaría obligado a "hacer una obra de bien público". A partir de 1907, cuando menos se publicó una nota diaria sobre la organización de las fiestas del centenario y en todas ellas se subrayó que los festejos debían tener el "amplio carácter popular", al tiempo que se realizaran "eventos que revelaran al mundo los adelantos que había logrado el país". Por supuesto que se enfatizó la inauguración de obras materiales, las cuales se convertirían en "el recuerdo de la celebración".
(Páginas 104-106).
Mirada histórica

La interpretación histórica que animó a las fiestas del centenario hizo cuanto le fue posible para evitar confrontaciones con la Iglesia y con España, para no ignorar el papel protagónico de Hernán Cortés en la conquista, para resaltar al máximo la figura de Benito Juárez, sin dejar enteramente a un lado a Agustín de Iturbide, pues sólo de esta manera se le podría dar un lugar en el desfile histórico como el personaje que logró la consumación de la lucha, aunque su nombre nunca se escribiría en la Columna de la Independencia. En síntesis: se buscó integrar a los personajes y los hechos en un flujo histórico sin rupturas. No en balde estaban Justo Sierra y el escritor Federico Gamboa detrás de estos asuntos.

El México antiguo no fue olvidado durante los festejos, pues se promovió el rescate de vestigios arqueológicos, se inauguraron nuevos espacios museísticos, se llevaron a cabo visitas a las antiguas ciudades, se realizaron encuentros de antropólogos y arqueólogos y se publicaron algunos libros. Las dos principales figuras de esta parte del programa fueron Leopoldo Bartres, visitador y conservador de monumentos arqueológicos, y Francisco del Paso y Troncoso, director del Museo Nacional, quien ya había sido presidente de la Comisión Mexicana en la Exposición Histórica Americana con motivo del IV centenario del descubrimiento de América.
(Páginas 168-169).

Iglesia

Era importante tenerla fuera y dentro. Con enorme habilidad política, la presencia de la Iglesia en la conmemoración sólo se concentró en dos actividades: un tedeum en honor de los héroes de la Independencia en septiembre y otra ceremonia con motivo del aniversario de la coronación de la Virgen de Guadalupe durante los primeros días de octubre. Ninguna de las dos actividades las organizó el gobierno sino se hicieron a través de asociaciones y particulares.
(Página 185).

Juárez

En 1910 Díaz consideró que era necesario resaltar la figura de Juárez con un monumento. Limantour, ministro de Hacienda, sugirió el lugar: la Alameda, en el mismo sitio donde se colocaría el quiosco morisco que se trasladó a Santa María la Ribera, donde aún se encuentra. La Alameda, el lugar donde miles de personas paseaban diariamente, era el lugar más apropiado. El monumento –que debía ser el homenaje al triunfo de los liberales en la Guerra de Reforma– tendría que ser majestuoso y sobrio como la personalidad de Juárez. Para su construcción se utilizaron cerca de mil 400 toneladas de mármol y tuvo un costo de 390 mil 685.96 pesos.
(Página 188).

Ejército

Aunque contempló pocas actividades protagonizadas por las fuerzas armadas, el programa oficial otorgó al Ejército un espacio para su lucimiento, gracias a la inauguración de una fábrica de pólvora sin humo, las maniobras militares y el tradicional desfile del 16 de septiembre.
(Página 246).

Estados

El gobierno federal hizo una exhortación para que se crearan comisiones centrales en los estados, distritos y municipios que deberían trabajar en coordinación con un delegado especial nombrado por el gobierno federal y también habrían de presentar un informe trimestral sobre el desarrollo de los proyectos y la recolección de fondos para las fiestas del centenario.

De esta manera, las comisiones debían realizar un esfuerzo "para procurar que en todos los lugares donde se celebre el centenario de la Independencia, se inaugure alguna mejora de carácter material o moral que perdure después de la celebración del centenario, y sea para lo futuro, un recuerdo de la solemnidad y un testimonio fiel del homenaje rendido a la Patria por el pueblo mexicano en el primer centenario de la proclamación de la Independencia".

Cada comisión –estatal, distrital o municipal– contaba con un presidente honorario, un presidente efectivo, un tesorero, seis vocales, un secretario, un prosecretario y un vicepresidente.
(Páginas 248-251).

Plan de trabajo

Se encomendó la redacción de las bases generales que debían guiar los trabajos en lo referente a su organización, periodicidad de las reuniones y mecanismos de información al presidente de la República a través de la Secretaría de Gobernación, así como los mecanismos que propiciarían la participación de la ciudadanía, de los gobernadores, los jefes políticos y, sobre todo, de la prensa. Por último, las bases debían contemplar la creación de comisiones centrales en los estados, distritos y municipios.
(Páginas 106-107).

Se hizo una invitación a la población para lograr la mayor contribución con el fin de contar con los recursos necesarios para llevar a cabo las fiestas en todo el país. Se dijo que los recursos federales se concentrarían en las obras públicas. Por esta razón, se definió la línea de trabajo por la cual el gobierno se encargaba de las construcciones y la infraestructura, mientras que los particulares complementarían los gastos. Para tal efecto, se comisionó a algunos de sus miembros a realizar lo que ahora se llama "recaudación de fondos". Esto quedó consignado en la edición del 16 de enero de El Imparcial , en la que se anunció la creación de seis comisiones y designación de otros tantos encargados de colectar fondos a través de una serie de subcomisiones.
(Página 109).

Para mantener el orden en las celebraciones se organizó un programa que estaba a cargo de la Secretaría de Gobernación y la Comisión Nacional. El programa establecía un miembro de la Comisión responsable de cada evento, lo cual evitaba la dispersión de esfuerzos.
(Página 116).

Programa

El programa era amplio en su temática y no dejaba nada al azar. A pesar de que se llevaron a cabo muchísimas actividades, se puede decir que la acción se concentró en algunas de ellas: la inauguración de las obras públicas, que subrayaban la modernización; el desfile histórico, que mostraría la historia de México como un todo sin fisuras; la apoteosis de los héroes, con la que culminaría el festejo y donde se daba cabida a tirios y troyanos; la fiesta del grito; la inauguración de la Columna de la Independencia y, de modo muy especial, la presencia de delegados extranjeros en casi todos los eventos. Aunque a primera vista pudiera suponerse que los festejos sólo fueron preparados para unos cuantos privilegiados, un análisis detallado de las múltiples actividades nos permite aquilatar la participación de muy variados grupos sociales.
(Página 118).

Modernización

Varios años antes de que se llevaran a cabo las celebraciones del centenario, el régimen porfirista comenzó a dedicar importantes recursos para construir una serie de obras públicas que ejemplificaban el crecimiento económico y la paz del país. Los dineros dedicados a estos fines eran resultado del superávit de las finanzas públicas que se logró desde el momento en que Limantour se incorporó al gabinete. Las obras que se edificaron eran de las más distintas naturalezas: caminos, drenajes, edificios públicos, teatros, penitenciarías, redes ferroviarias, telegráficas y algunas más dedicadas a la explotación de los recursos naturales. Sin embargo, y a pesar de que muchas obras públicas habían sido realizadas desde los primeros años de ese periodo, se consideraron como "obras centenarias".

Obras e infraestructura nacional

Aun cuando las principales y más sonadas actividades se concentraron en la capital de la República (Palacio de Bellas Artes, Palacio de Comunicaciones, Manicomio de la Castañeda, Columna de la Independencia, Hemiciclo a Juárez, Palacio Legislativo, Escuela Normal de Maestros, monumentos a Garibaldi, Pasteur, Washington, Humboldt, etcétera), es larga la lista de lo que se llevó a cabo en todo el territorio, pues –según la Memoria de la Conmemoración – se inauguraron todo tipo de obras. (Páginas 251-253).

Columna de la Independencia

Desde 1877, durante la primera Presidencia de Díaz, se acordó construir en la capital de la República un monumento a la memoria de los héroes de la Independencia nacional y, al año siguiente, se aprobó un proyecto que se quedó guardado. Nuevamente, en 1886, durante su segunda Presidencia, se expidió una convocatoria para diseñar un monumento que honrara a los Héroes de la Independencia, declarando que se ubicaría en la tercera glorieta de la calzada de la Reforma. Catorce años después, en 1900, el proyecto se encomendó a Antonio Rivas Mercado pero en una nueva ubicación: la cuarta glorieta de la misma calzada.

En 1902, en presencia de Díaz, se colocó la primera piedra con la que se inició la construcción de una columna que destacaría en la principal avenida del país, un monumento que a muchos les recordó la columna construida sobre la Avenida Unter den Linden de Berlín y los elementos arquitectónicos del puente Alejandro III en París. En todo caso, era una reminiscencia de los triunfos militares de la antigua Roma, como la Columna de Trajano o la de Marco Aurelio, que el emperador Napoleón retomó en la parisina de Place Vendome. La columna era un tópico de la arquitectura para glorificar las victorias militares. No había, con excepción del arco triunfal, un elemento con mayores vínculos con la idea del régimen y su presidente para conmemorar el inicio de la Independencia.

La inauguración del monumento se llevó a cabo sobre un estrado que, desde Reforma, veía al Castillo de Chapultepec. La ceremonia fue presidida por el general Díaz, acompañado por todo su gabinete, los integrantes del Poder Legislativo, del Poder Judicial y los representantes de todas las delegaciones. Éste fue, sin duda, uno de los momentos culminantes del mes de septiembre. El Mundo Ilustrado publicó en su primera página: "Aparece el monumento que la nación mexicana elevó a los héroes de su Independencia".
(Páginas 188-189).

El costo total de la Columna de la Independencia fue de 2 millones 150 mil pesos y desde varios meses atrás de su inauguración estuvo lista para el disfrute de los transeúntes.
(Página 193).

Sismos y agua

La obra científica más importante que se inauguró durante las fiestas del centenario fue la Estación Sismológica Central, que se encargaría de atender uno de los problemas endémicos de México: los movimientos telúricos. Durante su apertura se hizo una demostración de su precisión y, acto seguido, se inauguraron sus tres estaciones: la matriz en Tacubaya y las sucursales de Oaxaca y Mazatlán. La ceremonia se llevó a cabo en los jardines del Observatorio Astronómico Nacional, cerca de la estación de ferrocarril Cartagena, en Tacubaya. En cuanto a las obras que requerían de una enorme tecnología en esa época están las que permitieron satisfacer el abastecimiento de agua de la ciudad de México.
(Páginas 237-238).

Control de los dineros

La disciplina presupuestal y el control del gasto se mantuvieron a toda costa. Ningún escándalo surgió por manejos sospechosos o que favorecieran intereses particulares. La Memoria de los trabajos emprendidos y llevados a cabo por la Comisión Nacional del Centenario de la Independencia detalla con gran precisión los gastos en su capítulo Cuenta general de los fondos recibidos y de los gastos erogados por la Comisión Nacional del Centenario de la Independencia del 1 de mayo de 1910 al 28 de febrero de 1911 ; en esa fecha se realizó el último pago por 234 mil 151.88 pesos.

Es importante subrayar que los eventos se realizaron sin eventualidades mayores y también es obvio decir que cualquier abuso con los recursos que se manejaron y que alcanzaron una cifra cercana a los 2 millones de pesos (además de las obras públicas), hubiera podido ser aprovechado por los detractores del régimen, sobre todo después del movimiento revolucionario.
(Páginas 119-120).

Educación

No podía faltar en el programa de las conmemoraciones un capítulo referente a la dotación de una nueva infraestructura educativa, en la que pudieran desarrollarse las nuevas concepciones pedagógicas que formarían a los mexicanos. Sin duda, el tema educativo fue uno de los más brillantes de esta conmemoración.

En ese marco se creó la Universidad Nacional de México, cuya ley constitutiva –publicada en mayo de 1910– instituyó el cuerpo docente que se encargaría de la educación superior del país, al tiempo que unificó a la Escuela Nacional Preparatoria y las escuelas de Jurisprudencia, Medicina, Ingeniería, Bellas Artes y Altos Estudios. La Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes quedó a cargo de la Universidad Nacional, la cual sería dirigida por un jefe que debía ser nombrado por el presidente de la República y el Consejo Universitario.

El 22 de septiembre, en un acto académico y político, se inauguró la Universidad Nacional en el Anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria, ubicado en el antiguo Colegio de San Ildefonso. En esta ceremonia, 25 intelectuales recibieron el doctorado ex oficio, y diez personajes nacionales y extranjeros el doctorado honoris causa.

Durante las fiestas del centenario también se organizaron congresos de las más distintas ramas del saber: en ellos se reunieron expertos nacionales y extranjeros para mostrar al mundo el avance que se había logrado, y el que se pretendía alcanzar.

Dos de los encuentros más importantes fueron el Congreso Nacional de Educación Primaria y el Congreso Internacional de Americanistas.
(Páginas 218-221).
Presencia internacional

Uno de los más importantes objetivos de la conmemoración del centenario de la Independencia fue lograr la presencia del mayor número de gobiernos que en aquellos días tenían relevancia en el escenario mundial. Para Díaz, era fundamental que las otras naciones atestiguaran el progreso mexicano.

La parte internacional del programa oficial de las fiestas del centenario fue coordinada por la Secretaría de Relaciones Exteriores y quedó bajo la responsabilidad de Federico Gamboa, el escritor naturalista y autor de Santa , la primera novela que de manera descarnada describe la prostitución en la ciudad de México. Gamboa, en esos momentos, ya era un experimentado diplomático, pues desde 1909 ocupaba, por designación directa de Díaz, el cargo de subsecretario de Relaciones Exteriores.

La lista de invitados se conformó de la siguiente manera: en primer lugar se consideró la presencia del gran vecino: Estados Unidos y de aquellos países que estaban al sur de su frontera: Guatemala, Honduras, Costa Rica, Panamá, El Salvador, Nicaragua, Colombia, Perú, Chile, Argentina, Venezuela, Ecuador y Uruguay hasta llegar a Cuba y Brasil.

Asimismo, se consideró el mundo europeo, en especial las grandes monarquías: Gran Bretaña, Italia, Alemania, Rusia, Austria Hungría, Bélgica, Portugal, Noruega y Grecia, Holanda. También se consideró a la República Francesa. Un lugar especial lo tendría España. La presencia de Oriente era importante para robustecer el equilibrio diplomático, por ello estuvieron presentes los representantes de Japón y China.

En las fiestas del centenario estarían acreditados 31 países (de un total de alrededor de 70 gobiernos que había en ese momento) a través de siete embajadas, 20 misiones, tres delegaciones y un comisionado especial, todos ellos con sus comitivas. Tres de los gobiernos (Suiza, Venezuela y Colombia), si bien no pudieron enviar delegados especiales, designaron a residentes en México para que los representaran. Así, con el propósito de distinguir al gobierno mexicano, la mayoría de las naciones, además del representante diplomático ya acreditado y residente en México, enviaron un delegado especial. En 1910, la presencia de tantos gobiernos era significativa, pues el colonialismo aún marcaba grandes regiones del planeta y el número de naciones era reducido.

Otro fue el caso de los tres participantes que, a pesar de haber confirmado su asistencia, no estuvieron presentes: Inglaterra, por la muerte del rey Eduardo VII; Santo Domingo, que no envió representante, y el representante de Nicaragua, que en esos días sufrió un golpe de Estado.

Con objeto de cuidar hasta el último detalle de la participación de los delegados especiales y del cuerpo diplomático, el 31 de agosto de 1910, en el Diario Oficial, se publicó un "Ceremonial" para reglamentar las formalidades de los actos oficiales que se llevarían a cabo. En este documento se señalaban con precisión las precedencias (del número 1, asignado al Presidente de la República, al número 38, que recaía en el inspector general de Policía), las jerarquías diplomáticas y sus equivalencias, la manera como se debían llevar a cabo las audiencias, las recepciones diplomáticas, las presentaciones del cuerpo diplomático, así como el modo en que se desarrollarían las relaciones con las autoridades de la República, la manera como se responderían las felicitaciones y la etiqueta que debía guardarse en las fiestas solemnes, las visitas de jefes de Estado, las honras fúnebres y las comidas en Palacio Nacional.
(Páginas 35-42).

El programa oficial buscó con especial cuidado que todas las delegaciones gubernamentales –de manera regional o individual– tuvieran un espacio para participar en los festejos y que ninguna comitiva quedara excluida de los eventos. En muchos casos, las colonias de extranjeros residentes en México se integraron como parte de las delegaciones y fueron objeto de reconocimiento por sus aportaciones a la vida económica, social o cultural del país. Algunas de estas comunidades fueron anfitrionas de eventos sociales en homenaje a México y entregaron regalos como símbolo de apego y gratitud por el buen recibimiento que nuestro país les había dado.

Varios gobiernos regalaron estatuas dedicadas a los próceres o los valores que encarnaban las conmemoraciones; estos presentes se sumaron a los importantes esfuerzos que también hicieron las colonias para regalar algo a nuestro país con motivo de las celebraciones. Algunas de las estatuas fueron instaladas, aunque, en otras ocasiones, la ceremonia se limitó a la colocación de la primera piedra. En el primer caso estuvo Alemania (Humboldt), y en el segundo estuvieron Italia (Garibaldi), Estados Unidos (Washington) y Francia (Pasteur).
(Página 141).

Sentimiento festivo

La celebración no sólo se limitó al Zócalo y a otros lugares abiertos sino también en los teatros de la capital que rebosaban de gente. Las señoras portaban prendedores patrióticos o elegantes dijes "centenario", hebillas de cinturón, pendientes o botones con la imagen del cura Hidalgo o del águila mexicana con los colores patrios; sus esposos no se quedaron atrás: se vistieron con sus mejores galas compradas, las más elegantes, en la sección de sastrería y ropa hecha del Palacio de Hierro, cuyo catálogo –que sólo era entregado a los clientes frecuentes– anunciaba: "especialmente para las brillantes fiestas del centenario hemos fabricado nuevos modelos de nuestros trajes populares e inimitables". Muchos de ellos portaban –como corolario en el ojal del saco– botones en los que aparecían las efigies de Hidalgo y Díaz.

De la lectura de la Crónica Oficial se desprende que todos los festejos se desarrollaron con calma y buen espíritu. Sin embargo, también hubo muchas otras manifestaciones de carácter más espontáneo y popular que fueron llevadas a cabo por la población en todo el territorio nacional y que no fueron registradas en el programa ni en la Crónica.

Desde el primer día del año

El 1o. de enero de 1910, El Imparcial –el periódico más cercano al gobierno porfirista y que tenía la mayor circulación en el país– publicó a ocho columnas un titular inolvidable: El primer día del año del centenario . En esa misma plana del diario, uno de los redactores dio a conocer una nota donde se afirmaba que: "las fiestas populares que la Comisión Nacional del Centenario organizó para celebrar la entrada del año de 1910 atrajeron millares de personas a la Plaza de la Constitución. Desde las siete de la noche se quemaron vistosos fuegos artificiales, y a las diez principió a tocar en el Zócalo una banda militar. A la madrugada de hoy, las bandas militares recorrieron las calles de la ciudad anunciando el primer día del año del centenario".
(Página 85).

Bailes

El evento social culminante de las celebraciones del centenario fue la fiesta que don Porfirio y su esposa ofrecieron a las delegaciones especiales y al cuerpo diplomático: el Baile del Centenario, el cual se llevó a cabo el jueves 23 de septiembre, a las 8:30 de la noche, en Palacio Nacional. Esa noche se celebraron otras fiestas en el Bucareli Hall, en la Academia Metropolitana, en múltiples salones de espectáculos y en los mercados públicos.

Exposiciones

También se consideró como prioritaria la realización de exposiciones de artistas vivos, en su mayoría jóvenes. Asimismo, el programa se complementó con algunas muestras internacionales que, por primera vez, permitieron que los mexicanos se aproximaran, en su propio país, al arte oriental y una parte del europeo. Entre las varias exposiciones que se llevaron a cabo, destacaron la japonesa, la española, la de figuras de cera, la geológica, la popular, médica, de higiene y la de agricultura y ganadería.
(Página 202).

Espectáculos

También se llevaron a cabo muchas funciones de música y ópera. Por esta razón, la Secretaría de Instrucción Pública y Bellas Artes dispuso que el Teatro Arbeu contara con la maquinaria más moderna, para montar –con los mejores estándares internacionales– las funciones teatrales de ópera, así como presentar los recitales y conciertos sinfónicos. El teatro fue ampliado y ornamentado para que desempeñara con garbo su papel de teatro oficial durante las fiestas.
(Página 206).

Publicaciones

Con el fin de que las conmemoraciones llegaran a otros públicos, también se preparó un programa de ediciones que contemplaba obras para todas las edades. Entre los muchos títulos que se publicaron destacan la Biblioteca infantil de la Independencia y la colección Documentos para la historia de la emancipación política , encomendada al Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnología.

Una obra que se editó con motivo del centenario –que aún es material de referencia para el conocimiento de la historia de las letras mexicanas– es la Antología del centenario , a cargo de Luis G. Urbina, Pedro Henríquez Ureña y Justo Sierra, quien trabajaba en ella al terminar sus labores como ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes.
(Página 213).

Desfile histórico

Primer grupo: estaba formado por 839 personas; inició su recorrido en la Plaza de la Reforma, siguió su marcha por la Avenida Juárez y San Francisco. Al llegar a la esquina del empedradillo, los carros que transportaban a Moctezuma y su comitiva se dirigieron por el frente de los Portales, mientras que Cortés y sus acompañantes por el frente de Catedral, a fin de que el encuentro de ambos se efectuara al pie del balcón principal de Palacio Nacional. Acompañaban a Moctezuma guerreros, sacerdotes, nobles o grandes señores, ministros con varas en las manos, todos mexicas. El grupo de Cortés llevaba soldados escopeteros, ballesteros, algunos a caballo, arcabuceros, frailes, jefes de la república de Tlaxcala y algunos guerreros tlaxcaltecas.

Segundo grupo: mostraba la época del Virreinato ubicándola en torno del año 1740; fue denominado como el Paseo del Pendón. Un antecedente de este desfile era el organizado durante la época colonial para conmemorar, el 13 de agosto, el aniversario de la toma de Tenochtitlan en 1521. Participaron 288 personas que fungieron como oidores, miembros del ayuntamiento de la ciudad de México, indios principales de Santiago Tlatelolco y el Alférez Real. Dice la Crónica oficial de las Fiestas del Primer Centenario de la Independencia de México que, "en el balcón principal del Palacio del Ayuntamiento estaba colocado, antes del paseo, el Pendón Real que es de damasco carmesí, con el escudo real bordado en oro... frente al Palacio Nacional se levantó un tablado con cortinajes de la época, en donde se verificó la ceremonia de levantar el pendón".

Tercer grupo: se dedicó a los momentos estelares de la Independencia hasta llegar a través de algunos detalles al año de 1910. Se presentaron carros alegóricos en honor de Hidalgo, Morelos, el sitio de Cuautla –patrocinado por Veracruz, Tabasco y Sinaloa, que presentaron el Gran Carro de la Paz . La escena central fue la representación de la entrada del Ejército Trigarante a la ciudad de México al frente de Iturbide junto a Guerrero, Mier y Terán, Guadalupe Victoria y Anastasio Bustamante. Este grupo recorrió el trayecto que va de la Plaza de la Reforma a Palacio Nacional, regresando por el frente de la Catedral y Avenida Cinco de Mayo a su punto de partida.
(Página 177).

Apoteosis de los Héroes

El último acto de la conmemoración fue la Apoteosis de los Héroes de la Independencia, que se llevó a cabo en el Patio Central de Palacio Nacional, donde se reunieron 10 mil personas.

Quedaba clara la posición del gobierno frente a la historia: era una sucesión sin rupturas y Díaz era el último eslabón de esa cadena. Todo fue sanar heridas de personajes y hechos.

Ahí se colocó un enorme catafalco construido por Federico Mariscal en cuyo centro aparecía una placa con la leyenda "Patria" entre las fechas "1810-1910", coronada con el águila nacional con las alas abiertas. En ese acto final se rendiría tributo a todos los héroes de la Independencia. Ninguno fue excluido.

Justo Sierra leyó un poema de su autoría antes de que Díaz cerrara la conmemoración con un homenaje a México y a sus héroes. La solemnidad retornó cuando el Presidente subió por la escalinata del catafalco y ofreció una corona como expresión de gratitud y recuerdo del pueblo mexicano a los héroes que dieron sus vidas y su esfuerzo por conseguir la Independencia.
(Página 195-197).
¿Y... AHORA?




¡Ay qué tiempos aquéllos señor don Simón!



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